RESISTIENDO

Andrés García Ibáñez

MANIFIESTO DE LAS CRIATURAS

“Los toros no han sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni de todos los pueblos de España, ni generalmente buscada ni aplaudida. En muchas provincias no se conoció jamás; en otras se circunscribió a las capitales. Se puede calcular, por tanto, que de todo el pueblo de España, apenas la centésima parte habrá visto alguna vez este espectáculo, que ya no se conserva en otro país alguno de la culta Europa. Es pues, claro, que el gobierno ha prohibido justamente este espectáculo y que cuando acabe de perfeccionar tan saludable designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor de la estimación y los elogios de los buenos y sensatos patricios”. Así escribía Jovellanos en 1790 en su “Memoria sobre diversiones y espectáculos públicos”, después de la prohibición que hizo Carlos III de las corridas de toros. Evidencia que la polémica consustancial a la fiesta moderna viene ya desde sus mismos inicios.

Hoy, sin embargo, nos corresponde un debate más amplio y definitivo; la implantación de una conciencia ética donde las corridas tan sólo son un caso particular, entre otros muchos que obtendrán su respuesta. Sabemos que la crueldad y la muerte son consustanciales a los mecanismos de la Naturaleza, donde priman los instintos de adaptación y supervivencia de las especies. Sabemos, desde Darwin, que el hombre es una especie más, como cualquier otra, ocupado en la tarea de luchar por su vida en este planeta. Pero todo ello no nos autoriza a una brutalidad de vía libre, a una involución destructora de lo que nos rodea. Muy en cambio, nos obliga al ejercicio de la responsabilidad como especie dominante que ha demostrado una mayor capacidad e inteligencia. Nos obliga a extender los derechos que, durante siglos, hemos conquistado para nosotros mismos, al resto de las especies y a la salvaguarda de nuestro entorno físico. Hoy, con más fuerza que nunca, hemos de evitar la destrucción y agotamiento sistemático de los recursos naturales, la alteración de los ecosistemas y el cambio climático. Hoy urge una ética animalista que impida la cría y el cebadero en condiciones indignas, y que procure una muerte digna y adecuada, sin sufrimiento, en los mataderos. Una ética que impida toda crueldad y ensañamiento, en cualquier caso, venga de tradiciones o costumbres más o menos ancestrales. Una ética que tampoco admita la muerte y el uso de las especies como juguete para nuestra diversión o deporte; reírse o humillar a un animal no es signo de inteligencia sino de incivilización y primitivismo.

Hoy toca adquirir verdadera conciencia del significado de la palabra CIVILIZACIÓN; “Estadio cultural propio de las sociedades más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres”.