RESISTIENDO

Andrés García Ibáñez

TOROS Y ETICA

Los toros y las múltiples fiestas y tradiciones españolas donde se maltratan, vilipendian, destrozan y asesinan distintas especies animales plantean, en esencia, un problema ético que ha de inscribirse y dar respuesta en el ámbito de las relaciones de la especie humana con el medio físico y el resto de seres vivos que lo habitan. Si por un momento somos capaces de dejar a un lado nuestro feroz antropocentrismo –eje sobre el que articulamos todos nuestros valores- y nos contemplamos como la especie dominante de un ecosistema llamado planeta, caeremos en la cuenta que el dominio no nos legitima a la destrucción y contaminación de la naturaleza, a la alteración del equilibrio donde subsisten infinidad de especies y mucho menos al trato cruel e indigno de seres que, como nosotros, tienen capacidad de experimentar lo sensitivo y emocional.

Cierto es que, en conjunto, la problemática del hombre es de carácter ético y el consenso es la única vía de solución. Si nuestras jóvenes democracias están siendo capaces de llegar a escenarios estables de convivencia entre los individuos, urge ya también la normativa en materia medioambiental y de reconocimiento de los derechos de todas las especies que conforman nuestro mundo. Asuntos como el cambio climático y la contaminación, la destrucción del paisaje en pro de un urbanismo feroz, la explotación incontrolada de los recursos naturales o la negación de los derechos más elementales a plantas y animales, no pueden seguir igual, como si no pasara nada. El respeto y la conservación del planeta es la garantía del futuro, de nuestro futuro, como especie que somos y lo habitamos. Hablar hoy de civilización y sus logros conlleva, inevitablemente, estos aspectos.

No hay ningún argumento ético, ninguno, que pueda justificar hoy el maltrato y la crueldad con los animales. Si somos capaces de crear una normativa para que los animales que sacrificamos como alimento en los mataderos nazcan, vivan y mueran dignamente, capítulo también en el queda mucho por demandar, no podemos tolerar impasiblemente espectáculos como el de la fiesta nacional y otras similares, sea por su condición de tradiciones o de fuentes de riqueza económica. Y no valen argumentaciones que no sean de carácter ético; es una cuestión de dignidad, respeto y responsabilidad. Las tradiciones, por definición, no necesariamente son justificables, buenas, importantes o conservables; por el contrario, hay muchas que constituyen un auténtico peligro a valores importantes de la democracia y la convivencia. Bajo esta óptica han de ser escrutadas, modificadas o definitivamente suprimidas.

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